/ Capítulo 05

La emocionante historia del comedor solidario de Costa Linda

A 10 metros del canal principal, en las afueras de Fernández Oro, el comedor Adonai triplicó la ayuda: en un año pasó de 50 a 160 platos por día en una toma que crece frente al agua. Una red de vecinos y comercios lo sostiene con donaciones.

A diez metros del canal principal, una historia de solidaridad late en Costa Linda, en las afueras de Fernández Oro. Ahí, donde el agua pasa en el verano a 72 metros cúbicos por segundo para regar las chacras del Alto Valle, que aún en tiempos de crisis generan unos 725 millones de dólares al año y trabajo directo e indirecto para 35.000 personas al norte de la Patagonia, las casitas de ladrillo y madera se suceden en la toma que multiplicó su tamaño en los últimos años y que ahora se extiende durante unos 5 km de cara al torrente, pegada al camino de tierra hundido por tramos por el peso de los camiones.



A unos 30 metros de uno de los saltos aquietadores que regulan la velocidad del caudal, detrás de unos pozos que se hacen lagunitas con la lluvia, Griselda y Omar montaron el comedor Adonai, que funciona en la margen sur los lunes, miércoles y viernes y se llena de vecinos y de otras ciudades.

“Nuestra alegría es ayudar sin mirar a quién. Algunos me dicen ‘Mirá ese tiene auto o ese tiene casa’ y yo se que si vienen acá es porque lo necesitan, porque podés tener auto y casa y que no te alcance para comer. Solo tenemos una condición: no queremos tener que ver ni con los partidos políticos ni con las iglesias”, explica en la vivienda en la que de a poco los ladrillos le ganan lugar a las chapas y la madera.

"Soy la mujer más feliz del mundo teniendo para cocinar,
poder darle una vianda a aquel que realmente lo necesita"

Demanda triplicada

Empezaron hace 16 meses, entregaban unas 50 raciones un año atrás y hoy la cantidad se triplicó: ya está en 160 por jornada. La mayoría son de Costa Linda pero también vienen de Allen, del Treinta y el Mapu desde Cipolletti y de otras barriadas de Fernández Oro, donde viven unas 15.000 personas y hay unos 50 loteos en marcha. Todos anotan su nombre y documento en una planilla, pero no cenan ahí sino que se llevan la comida en un tuper o una olla.

La razón hay que buscarla en la infancia de Griselda Pavez: a los siete años iba con sus once hermanos a un merendero en Plottier, pero como había límite de edad, seis entraban y seis no. “Papá, mamá y los mayores solo comían porotos y el pan dulce del gobierno. Acá les damos la comida para que se la lleven. Y si son cuatro, se van con cuatro raciones. Tienen que comer todos”, dice hoy, a los 42. Y agrega: “Cuando nos mudamos a Plottier desde Mendoza, donde no había trabajo, cosechábamos para pagar el terreno en el barrio Los Álamos. Después papá consiguió empleo para hacer limpieza en el club Cepron y enseguida armó un merendero para dar una copa de leche. Lo hacía de corazón”.

La recorrida solidaria

Esos tres días, Griselda sale a recolectar mercadería por los comercios de Fernández Oro que le abren sus puertas, en una recorrida de unos 4 kilómetros desde el canal al centro. De ida lleva a su hija Bianca en el carrito y a la vuelta la pequeña vuelve caminando y el carro va cargado hasta el tope de alimentos, por eso a veces las vecinas le dicen que ese bebé tiene muchas cosas encima, hasta que ella les explica y después la saludan y hasta le alcanzan un paquete de fideos.

Cuando no le toca turno como seguridad privada en un banco en Neuquén, Omar la acompaña y traen todo en la motito. También iba Lobito, el perro callejero que los adoptó, que supo eludir a los dogos pero no pudo con la camioneta que lo pisó. “No sabés cómo lo lloramos”, dice Griselda.

Cada jornada es una muestra de los lazos silenciosos de la comunidad. “Hola corazón”, dice Griselda y entra, juega de local. La primera parada es la carnicería El gauchito gil, donde Tucho, Mónica y Mario siempre le tienen reservado algo, como en las otras dos, donde la esperan Renzo, Martín y Fernanda en El rusito y Alberto y Nivia en El abuelo.

Picada para albóndigas, feteada para milanesas, en trozo para el estofado, huesos, mondongo, siempre hay algo para dar. “A veces hasta me preguntan qué quiero”, cuenta ella. En la Pollería de Oro, Antonio y Bruno aportan los miércoles menudos, presas o un pollo entero. “Y los viernes la Municipalidad nos da 5 kilos de carne, aceite, sal, caldo, fideos, lo que necesitemos. Dejo un listado y ellos me lo dan. Y aparte tres o cuatro garrafas por mes”, relata.

“Ya te traemos lo tuyo”, le dicen Suyai, Baraldo y Griselda en la panadería Don Felipe. Y Florencia, Hugo y Fabián en la Kairo. La escena se repite en el autoservicio mayorista Center, donde se completa la recorrida. “Es lindo poder ayudar”, dice Hugo, la frase que más suena entre los empleados y propietarios. La lista es larga y la suma de todas esas voluntades pone 160 platos de comida tres veces a la semana. Entre ellos están Carlos que trae pollos, como Pablo. Pedro, que aporta papa, zapallo y cebolla. Y Javier, que recibe el llamado y trae lo que le piden. Como el Chelo y tantos otros.

"Yo le diria a los que pueden ayudar, que no duden,
que necesitamos la ayuda de todos"

La gran fiesta

El Lefi, dueño del autoservicio y padrino de Adonai, estuvo como otras doscientas personas hace dos meses en el salón de usos múltiples de la margen norte para festejar el primer año del comedor.“Lo ideal sería que esto no fuera necesario, pero es, por eso damos una mano”, explica. Aquel inolvidable día hubo sorteos, metegol, un indomable toro mecánico, bolos, bingo y regalos para los chicos. Y chocolatada y tortas fritas.

La idea de hacerlo ahí junto al del Día del Niño fue de Agustina Segovia, de 21 años. Pronto se sumaron otras vecinas y vecinos, los grupos Todos Somos Oro y Millonarios de Oro, el Centro de Atención a Adultos Mayores y Karina, la madre de Agustina, dueña del corralón Mapuche, donde se concentró la ayuda recolectada: más de 100 litros de leche, ropa como para cargar un camión, unos 400 juguetes (entre ellos los que aportó el Banco Patagonia), tortas y galletitas, entre otras donaciones.

No hay otra así

Ese día, en la cocina estuvo la concejal socialista Inés Ríos, madrina de Adonai e impulsora de proyectos cooperativos, quien le recomendó en los inicios a Griselda que anotara cada día los nombres, apellidos y documentos de quienes reciben las raciones. “Como esta gorda no hay otra”, dice Inés. Y agrega: “Su marido también es un pan de Dios”.

Ella la recibió cuando Griselda peregrinaba con su idea, que exponía con franqueza: quería montar un comedor para el barrio en el que veía tanta necesidad, dejar de trabajar como doméstica afuera de 8 a 22, atender a su hija con problemas de nutrición, alimentarse también junto a su familia de lo que cocinaran, todo sin mezclarse con la política ni la religión. Inés la alentó a seguir, le recomendó transparencia y le prestó una olla y herramientas. “Todo en ella es auténtico, sus ganas de dar, su alegría. Da hasta lo que no tiene, a veces le digo que pare un poco”, cuenta la concejal, que integra el grupo de Whatsapp Los pollos del comedor, que nuclea a un grupo organizado para ayudar.

"No pertenezco a partidos políticos ni grupos religiosos,
sino lo que hago, lo hago a voluntad"

En estos días en los que a Griselda la complicó una hernia de disco, fue Omar el que tomó la posta y acomodó los horarios para poder ir a buscar las donaciones: le sumó un carrito a la moto y ahora ya no hace equilibrio con las bolsas. Y cocinan Noemí Barria y Patricia Quintremil, dos vecinas que se sumaron. Ella se dedica a las planillas y cortar el pan, hasta que se recupere, aunque a veces no puede con su genio y carga peso y le mete a la cocina igual.

Durante una de las últimas recorridas que hizo, se encontró en la calle con Inés y después con otro integrante de Los pollos del comedor, Rubén Torena, hoy miembro del Tribunal de Cuentas, que creció en el áspero Barrio Norte de Cinco Saltos. A los 8 lo esperaba a su papá con la comida lista al mediodía, para que almorzara y volviera a trabajar a la chacra. Y después de que su padre murió, a los 10 estrujaba y colgaba la ropa que su madre lavaba para poner un plato lleno en la mesa. “Muchos de los que crecieron conmigo terminaron en la cárcel, se murieron o no zafan del alcohol. A mi me salvó estudiar. Por eso digo que estudiar es la rebelión de los pobres. Pero para eso tenés que comer. Por eso la banco a Griselda y ayudo en lo que pueda”, explica.

Telón de fondo

Inés y Rubén saben también que tras la urgencia de alimentarse aparecen otras necesidades: el acceso a la tierra, a una casa, a los servicios. Y en el caso de Costa Linda no ven una mano que mueva los hilos por detrás, sino la cruda realidad. “Esa que supera lo legal y lo formal. La toma está creciendo hacia el este y hacia Cipolletti, ya casi llega a Puente 83”, dice la concejal. “Y también hay muchas casitas entre las chacras y el canal secundario, son lonjas angostas, es peligroso. Ahí fue donde se ahogó el bebé que abrió la puerta de su casa, gateó y cayó al agua. Una tragedia espantosa. Y un tema complejo de resolver, porque una vez que se instala la gente es difícil que se vaya. Además, el consorcio no puede pasar para limpiar y así se complica el riego para las chacras que todavía hay en producción”, agrega.

Si la margen norte ya es un barrio con unas cuatro décadas de habitantes y servicios que fueron llegando con el paso del tiempo, la sur presenta una realidad opuesta: explosión de habitantes y casitas que siguen la línea frente al agua, a veces también demasiado cerca y se hace difícil el paso de los tractores que arrastran las cadenas que cortan la lama.

En el norte, hay más espacio para que pasen y negociaciones encaminadas para obtener la tenencia precaria. “Ya es una zona consolidada”, señala el intendente Mariano Lavin. Del lado sur todo indica que el proceso será más complejo y que los servicios demorarán más en llegar. “Cuando a Edersa le agarra la loca y nos corta tenemos que pagar a un electricista para que nos vuelva a colgar. Vamos presentar un petitorio para que nos regularicen: queremos pagar. Y así lo vamos a hacer con todos los servicios”, explica ella.

De momento, la única certeza es que Omar, Griselda y sus amigas seguirán poniendo platos sobre la mesa. Y para eso necesitan una cocina industrial: quieren comprar una porque ahora utilizan dos grandes ollas y con el aumento de la demanda no dan abasto. Cuesta unos 25.000 pesos, organizaron rifas y venden empanadas a 250 la docena. Tienen juntados 6.500 pesos. “La bendición que tuvimos fue que la gente que ganó los premios de la rifa los volvió a donar para el comedor”, cuenta ella.

La semana pasada vendieron más empanadas por 3.500 pesos, pero al final cambió el destino de esos fondos. “Hay una familia que vive acá cerca con un bebé y no tenía luz, entonces decidimos darle la plata a ellos”, agrega. Y explica que para colgarse a la red hay que comprar 200 metros de cable, llave térmica, enchufes, disyuntor y pagar mano de obra. “No fue mucho, pero por lo menos gracias a Dios les damos una mano”. Entre tantas escenas de solidaridad, también hay de las otras: en los comienzos el comedor sufrió dos robos. En el primero se llevaron como 20 pollos, fideos y arroz. En el segundo, dos mil pesos en carne, justo el día que había comprado 10 bandejas. Por eso no quedó otra que enrejar la despensa. Entre los carteles que dejan las familias ocupantes en los terrenos de cara al canal hay uno que agrega una frase al apellido. “No sean chorros, roben a los ricos ratas, no a los pobres”, dice sobre una pared de madera.

Adonai

“Significa Mi señor en hebreo”, dice Griselda. “Sanó a mi hija y en agradecimiento puse el comedor. Mi Dios no me deja faltar nada, siempre está conmigo y nos manda gente para que nos ayude, ¿qué más puedo pedir?” dice y se despide: ya es tiempo de juntarse con Patricia, Noemí y Omar para preparar la próxima comida.

"Por eso no pido nada a cambio,
ya Dios me ha pagado con la salud de mi hija"

La historia de Juana: “Lo que me gustaría es volver a tener trabajo en la chacra”

Al caer el sol, Juana pedalea unos 4 kilómetros desde el extremo oeste de Costa Linda. Trae un tuper y se va con la comida para su hija (empleada doméstica), sus dos nietos y para ella: hoy tocó arroz con albóndigas y pan. Juana le da un beso a Griselda, agradece a todos y acomoda todo bien en la bolsa. Antes, cuenta que supo tener trabajo en una chacra de la zona, manejar el tractor y ser encargada. Pero un día discutió fuerte con el patrón y la echaron. También perdió el lugar para vivir, la casita cerca de los manzanos y los perales, cerca de donde ahora hay lúpulos de una cervecera. Se vino para el Canal y levantaron una vivienda en una de las puntas del barrio. “Lo que me gustaría es volver a tener un trabajo en la chacra, eso sería lindo”, dice y su rostro se ilumina en la noche. Ahora sí se sube a la bici y empieza a pedalear con su preciada carga.








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