/ Capítulo 02

El arquero que fue leyenda en Obrero Dique

Aldo González marcó una época defendiendo los tres palos del club de los trabajadores que levantaron el Ballester. En una charla tan divertida como emotiva, repasa su vida dedicada al fútbol y la fruticultura, refuta el famoso cuento de Osvaldo Soriano y niega que tiraran árbitros al Canal. Pero Nilda, su mujer, le dice: “Contales, Bocha, contales...”

Cada tanto alguien le dice que se parece a Amadeo Carrizo, aquel arquero de River que agigantaba su figura bajo los tres palos en los ‘60. Nada mal para alguien que como Aldo Bocha González dedicó 18 años de su vida a atajar en Obrero Dique, el club de Barda del Medio que nació al impulso de los trabajadores que construyeron el Ballester, una babel de españoles, italianos, franceses, polacos, españoles, chilenos y criollos que confluyeron también en un equipo de fútbol un siglo atrás. Al tiempo que crecía esa monumental obra que permitió crear un valle en un desierto, a unos 400 metros tomaba forma otra leyenda, la que decía que era imposible ganar en esa cancha y salir ileso.

El escritor goleador

Fue nada menos que Osvaldo Soriano el que escribió esa historia al recordar aquellos años en los que soñaba ser goleador en equipos de Cipolletti antes que best seller y trajinaba las canchas del Valle con la número 9 : registraba personajes y detalles que más tarde recrearía en relatos con una legión de seguidores y traducción a más de una decena de idiomas. Uno de ellos fue publicado en un diario italiano que le había encargado durante el Mundial de 1986 que escribiera historias de fútbol sin relación con la Selección de Maradona que terminaría llevándose esa copa, pese a que él no le veía ninguna chance. “Ustedes los argentinos son unos escépticos”, le reprocharía después el editor italiano. Así alumbró las aventuras de los fervorosos muchachos de Obrero Dique que deleitaban a los lectores del Viejo Mundo. Pero el Bocha no está tan de acuerdo con la imagen de Barda del Medio que transmitió el inolvidable Gordo a los europeos.

"No, Soriano exageró. Se lo digo sin vueltas.
No era así. Exageró bastante",
dice Bocha

- Mucho le diría. Metíamos, sí, pero tirar un árbitro al Canal nunca, a quién se le ocurre. Una cosa es que la hinchada cantara “al canal, al canal” cuando un árbitro cobrara algo que no les gustaba. Y otra, muy distinta, es que lo tiraran de verdad. Eso nunca pasó. No señor.

No es como ahora

El Bocha, es cierto, tiene un aire a Carrizo: el porte, las canas, el rostro anguloso. Una vez, en Buenos Aires, un señor le preguntó si era.

Le respondió que no, pero no le contó que también fue arquero en un legendario club del norte de la Patagonia, a metros de un canal que da vida a un Valle.

En aquellos tiempos éramos pocos, menos de mil habitantes, como una gran familia. Hasta se nos complicaba armar el equipo. Venían muchachos de Campo Grande y de otros pueblos.

"La cancha se llenaba, imagínese que no había otra cosa para hacer, los partidos eran la fiesta de los pueblos, no es como ahora."
dice Bocha

Nosotros mismos cortábamos el pasto y manteníamos la cancha, era un billar. Después fui 22 años tesorero, pero cuando jugaba también me preocupaba por las cuentas. Una vez, por ejemplo, vino la Selección de Temuco y nos costaba como 100 mil pesos, un dineral. Empatamos 2 a 2, bastante bien. Me acuerdo que desde el arco contaba a los espectadores a ver si nos iba a alcanzar la plata... Teníamos una tribuna de madera y no había alambrado. A veces los que se ponían detrás del arco te gritaban de todo y me acuerdo que había una señora que me defendía a muerte, doña Josefa, era hincha mía. “Con el Bocha no se metan”, les decía. Ahora es distinto, Barda ha crecido mucho, aunque sigue siendo un lugar tranquilo, el lugar que elegimos. Lástima que a este muchacho Soriano se le ocurrió escribir todo eso...

-Bocha, ¿de verdad no se les iba la pierna?

-Nooo. Pierna fuerte sí, pero matonear nunca. No era ir a tumbar jugadores.

-Soriano escribió que era una cancha invencible....

-Y, era difícil que nos ganaran acá. Aparte cancha chica, 60 metros por 95, complicada...

-Y que los equipos visitantes ponían a los chicos de las inferiores para cuidar a los titulares en ese lugar infernal...

-Macanas. No tomes como cierto eso, no, no, no. Que hacíamos pata ancha, sí. Afuera y acá. Siempre fue reconocida como una cancha difícil, pero eso de infernal... no existe eso, mentira.

La hora de la verdad

-No les quiere contar -dice Nilda y se ríe. Su compañera de toda la vida, madre de sus tres hijos que les dieron seis nietos y una bisnieta, invita café. Afuera está nublado pero gua se filtra luz por la ventana.

Nilda trae el álbum de fotos. El Bocha vuela y atrapa la pelota en una blanco y negro con una hilera de álamos detrás. El Bocha posa con diferentes equipos de Obrero Dique, donde debutó en la primera a los 15, en 1953. El Bocha con la Selección de la Confluencia, donde jugó su primer partido a los 17. “Qué pinta tenía, eh”, se ríe. Hay más, muchas más: el Bocha en amistosos como arquero invitado, por ejemplo aquella vez que vino a Neuquén el mismísimo Boca de Roma, Marzolini y Rattin y Pacífico lo invitó a ser el arquero. “Atajé contra esos monstruos sin tener ni un entrenamiento. Perdimos 2 a 0, pero hicimos partido. Qué coraje, ¿no?”, comenta. En las reservas de Estudiantes de La Plata y Huracán, en Buenos Aires. En 1955, también lo quiso Independiente de Avellaneda, pero su padre se opuso. “Se encerró, me dijo no, vas a estudiar”.

Cursó Ingeniería Hidráulica en La Plata aunque no llegó a recibirse. En Barda del Medio lo esperaban un arco, el amor de su vida y una frutícola de Centenario que aun hoy conduce, a los 81: no quieren que se vaya y todavía anda atajando penales en esta industria donde supo ganarse el respeto que lo acompaña. Y si el fútbol le abrió las puertas de los bancos, porque el que iba a pedir el crédito era nada menos que el Bocha de Obrero Dique y la selección de la Confluencia, el tiempo puso las cosas más difíciles, aunque tener una parte de la producción orgánica ayuda a la subsistencia. No todas son malas: el jueves pasado un banco les abrió una línea crediticia y eso le arrancó una enorme sonrisa.

Paseos con custodia

¿Cómo nació aquel romance con Nilda? “Somos de Barda de toda la vida, desde siempre nos conocemos”, cuenta ella.

¿Y cómo se declaró el Bocha? “Eso fue más difícil, don Belindo me daba un poco de miedo”, se ríe él. La referencia apunta al estricto don Belindo Villalba, padre de Nilda, que había puesto un taller y fue centroforward de Obrero Dique y campeón de la Liga Confluencia. “Después íbamos juntos a la cancha”, recuerda él. Pero antes de eso, cuando salían a dar una vuelta con Nilda y no había llegado el primer beso, caminaban hasta el dique, regresaban por la margen norte, pasaban por el estadio, cruzaban el puente, volvían. La mamá de Nilda siempre ubicaba a una hermana de custodia. “Solos nunca”, se ríe ella. ¿Y qué otros programas había? “Aparte del fútbol, el cine los sábados y los bailes, cuando venía la orquesta del Cholo Perego. Pero venía mi mamá y se quedaba sentadita en una silla, mirando”, recuerda Nilda, que hoy es presidenta del Centro de Jubilados. “Otros tiempos”, dice él. “Pero no quiere decir que hayan sido peores, había un respeto”, agrega.

Pioneros

“Mi papá vino a los 14 años de Getino, provincia de León en España, en 1919. Y mi abuelo llegó antes, trabajó en los comienzos de las obras del dique en 1910”, cuenta el Bocha mientras apura un cafecito y su mirada se detiene en las fotos esparcidas en la mesa: tarde o temprano todo tiene que ver con la pelota.

-Bocha, contales de ese partido en Centenario -dice Nilda.

-Es famoso eso. En el primer tiempo íbamos ganando 2 a 0. En el segundo tiempo se la agarraron conmigo. Me engrané. Perdimos 3 a 2 y me le fui al humo al nueve de ellos, Egea, que después se hizo pastor, lo corrí toda la cancha. Años después, cuando nos encontramos en la calle, le dije: “Vos te hiciste pastor después de lo que me hiciste...”

-¿Y por acá como eran las cosas, Nilda?

-También era juntarnos con las señoras de otros jugadores, sentarnos a tomar mate y que los chicos jugaran y corrieran. Y a veces se ponía áspero, los que iban a verlos eran bravos. Bocha, aparte lo de Soriano es un cuento, tiene que realzar la historia, sino no tiene sentido...

-Noooo, que realzar la historia, macanas, macanas. Lo que estuvo bien fue la otra que escribió, la de El Mundial que no se jugó, que después hicieron la película. La tengo acá en casa, después se las muestro. ¿Sabe lo que hizo? Llevó la historia de cuando se construía el dique en 1910 con gente de todos lados como si cuando jugaban al fútbol eran selecciones de esos países pero en 1942, el año que se suspendió el Mundial por la Segunda Guerra. Por eso lo del Mundial que no se jugó, buena idea tuvo Soriano. A mi me vinieron a entrevistar...

Recuerdos rumbo a la cancha

Ahora el Bocha camina rumbo a la cancha de Obrero Dique.

Nilda le recomendó que se abrigue así que anda con la campera: está ventoso y frío. Son unos 200 metros, incluido el cruce del Canal por el mismo puente que pisaba cuando noviaba con ella, de estructura metálica y tablones de madera desvencijados, de los que faltan un par: no pasa mucho desde que los arreglan hasta que vuelvan a estar rotos o a desaparecer.

Del otro lado está la cancha donde fue feliz tantas veces, el arco donde siempre se paraba la señora que lo defendía, el recuerdo de sus atajadas, el eco de los hinchas . Y detrás, a unos treinta metros, antes del paredón, aquel histórico colectivo Mercedes 114 que los llevaba a las canchas del Valle. “No le saquen fotos adentro”, pide el Bocha, que ante todo quiere cuidar la imagen del club. “Cuanta historia, cuanta pasión”, dice en la parte baja de la luneta. Arriba, el dibujo de tres emblemas de la institución, como un homenaje ambulante: el “Viejo” Herrero (goleador histórico), el Bocha al centro y Roberto “Borocotó” Bravo a la derecha. “Los muchachos ya no están con nosotros, soy el único vivo”, dice el Bocha. A Borocotó le decían así porque le gustaba relatar los partidos como a aquel mítico periodista. “Tenía una voz fuerte. era defensor. Y cuando se le venían los delanteros de los otros siempre gritaba desesperado ‘¡Vení! ¡Vení!’ a sus compañeros para que los ayudaran a marcar”, dice Nilda.

De la tragedia al homenaje

La historia familiar encierra una tragedia: uno de los hermanos del Bocha murió a los 7 años, cuando jugaba con otros chicos a orillas del Canal. “Fue el 17 de octubre de 1937, acá enfrente. Era profundo, con correntada. Se fue... Lo encontraron una semana después. Era mellizo de mi hermano mayor. Mi mamá nos metió tanto miedo que nunca me bañé en el Canal. Y mirá lo que son las cosas, yo nací nueve meses después, me engendraron en ese momento”, cuenta.

Osvaldo, otro de sus seis hermanos, se fue de Barda después de terminar la primaria.

En Buenos Aires se recibió de ingeniero agrónomo, trabajó en el Inta y volvió al pago chico en las vacaciones. Se fue de este mundo dos años atrás. ¿Dónde pidió que esparcieran sus cenizas? En el Canal Principal. “Las trajo su hijo. Osvaldo amaba este lugar, el agua que riega las chacras, el Alto Valle”, cuenta el Bocha, que supo ser intendente entre 1971 y 1973. “Pero no se crea que me pusieron los militares, fue una elección de las comisiones de fomento y los pueblos. Estuve poco tiempo, pero nos alcanzó para ordenar y planificar, porque el crecimiento de Barda era desordenado”.

También consiguieron que Isabel Martínez de Perón firmara el decreto (el último de su gobierno antes del golpe militar) para ceder las dos hectáreas donde construyeron el gimnasio del club. “Ahí homenajeamos al plantel campeón de 1930 en 1980, fue espectacular”, cuenta el Bocha mientras camina por la margen norte entre las antiguas casas donde se alojaron los ingleses de Ferrocarril del Sud: los materiales para construir el dique llegaban en tren y los británicos no tardaron en advertir el negocio de comprar tierras a precios bajos y parcelarlas para vender chacras de 50 hectáreas cuando todo empezaba.

Ya está por atardecer y en la cancha de Obrero Dique el pequeño Ciro, con la camiseta del Barca, juega en uno de los arcos y sueña con los goles que vendrán. Atrás, los chicos de la décima entrenan a las órdenes del profe Walter, que como todos por acá conoce los cuentos de Soriano y las atajadas del ilustre vecino. “Terrible arquero era”, dice. Afuera, el Bocha se dispone a cruzar el puente rumbo a su casa. Antes se detiene, contempla el dique, el canal: “Qué obras hicieron a pico y pala. Pasaron más de 100 años. Y ahí están. Nosotros estamos acá porque ellos hicieron todo esto”.








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