/ Capítulo 01

El custodio del agua que da vida al valle

La historia de Jorge Jorquera. Su abuelo trabajó hace 100 años en la construcción del Ballester. Su padre fue guardadique. Él fue tomero y luego recorrió día tras día el Canal Principal, la gran vena del Alto Valle. Aquí cuenta los secretos de esos 130 km que irrigan unas 65.000 hectáreas y siente como propios.

De chico le llevaba la vianda a su papá guardadique. Vivía en una chacra ahí nomás, a unos 300 metros de esa mole de 17 compuertas de 33 toneladas que le gustaba admirar al atardecer. Y si su padre llegó a cargar las últimas carretillas para terminar esa obra colosal, su abuelo fue uno de los primeros que empezaron a levantarla, un siglo atrás, a puro pico, pala y rastrón, como tantos otros héroes anónimos que fueron parte de una epopeya que se cobró cien vidas mientras tomaba forma la gran aventura de domar al río Neuquén para crear un valle en un desierto.

El sacrificio de aquellos pioneros que levantaron esa muralla de 420 metros de largo con el agua al cuello hicieron posible irrigar unas 65.000 hectáreas a través de una red de canales alimentados por el Principal, que nace en el Dique y recorre 130 kilómetros hacia el este hasta Chichinales, con un declive de 105 metros y estructura telescópica: 45 metros de solera al inicio (el ancho del fondo) y 1,80 al final.

Curvas, contracurvas y rectas metidas en paisajes de belleza agreste que pocos conocen y que en la temporada alta de riego transportan un caudal de 72 m3, el insumo vital de la industria frutícola, que aún en tiempos de crisis genera unos 725 millones de dólares al año y unos 30.000 puestos de trabajo directos y 10.000 indirectos.

El lunes 12 de agosto, como en los últimos 108 años, todo volvió a empezar: se bajaron las compuertas del Dique, subieron las del Canal y el agua volvió a correr hacia su destino. Del lado neuquino, una bocatoma aprovecha el embalse para irrigar las chacras de Vista Alegre y Centenario.

La misión

"Yo tenía que hacer que el agua llegara a las chacras.
Ese era mi trabajo. Y mi orgullo"dice Jorge Jorquera.

Aun hoy, a los 71, recuerda cada detalle de aquellos mediodías en que trotaba entre los álamos con su hermano Rubén a orillas del Canal con la preciosa carga de bifecitos y ensaladas, la alegría de perderse en ese mundo de motores y engranajes ingleses y hombres de mameluco azul que manejaban ese dique con pericia y pasión. Eran tiempos sin represas aguas arriba y con crecidas que se venían con furia y había que capearlas con el pulso firme y la mente despierta para maniobrar y dejar pasar el caudal, los troncos, los animales y todo lo que trajera el río Neuquén mientras la estructura vibraba. Pero, como la Bombonera, el Dique no tiembla, late, suele decir Jorge Jorquera, bostero de ley que supo ser un áspero tres de Obrero Dique, donde era imposible que el visitante ganara y más de un árbitro terminó en el Canal, según la leyenda que Osvaldo Soriano recreó en un par de memorables relatos.

"Vos trabajas acá y lo empezás a querer al sistema de riego, vos lo querés. Cuando entré toque el cielo con las manos"

“¿Exageró Soriano? Puede ser, pero que metíamos de lo lindo es cierto, eso no es verso. ¿Cómo jugaba yo? Y, era un defensor hediondo, un indio que iba al frente siempre”, confiesa Jorge con su sonrisa franca y contagiosa. De estatura mediana, con los años vinieron algunos kilos más, pero era pura fibra y músculo en aquellos tiempos de ir a cada pelota como si fuera la última. Lo que no cambió es el apodo: “Sí, antes también me decían Cabezón”, dice y vuelve a sonreír.

Si su padre le empezó a enseñar el oficio cuando lo mandaba a ver el nivel del agua en la escala después que le diera el almuerzo, con los años se convirtió en tomero, ese oficio clave para repartir los turnos de regado entre los chacareros y en el que hay que ser medio psicólogo para sacarles la ficha rápido a los llorones y los embusteros.

“Con dos minutos de charla me daba cuenta de por dónde venían. No me gustaba que me mintieran, porque el chacarero siempre te va a decir que le das más agua al vecino”, cuenta y recuerda una legendaria pelea entre gringos en las chacras de Cipolletti que terminó con los dos contendientes en la comisaría.

Uno desvió el agua a su favor, el otro le tiró abajo una hilera completa de perales: se agarraron a trompadas y no había manera de separarlos. Por esos tiempos andaba en bici y por las dudas de que la psicología no alcanzara, sumó un machete para amedrentar a los prepotentes y a los perros, los dos principales predadores del tomero. “Nunca lo usé, pero nadie se me atrevía, bastaba con mostrarlo un poco nomás”, explica y se ríe otra vez.

Recorridas

Después, vino lo mejor: pasó a recorrer esos 130 km cada día, a conocer sus secretos como nadie. Y si antes se le peleaban los chacareros, después fueron las ciudades. “Hasta te diría que más que cuidar el sistema tenía que evitar las discusiones”, dice.

El anotaba todo en un cuaderno cuadriculado y si algún municipio se quejaba les mostraba las cuentas, día por día, litro por litro. Solía sentarse a hacer los números a la sombra de su olivillo preferido, a la altura de Fernández Oro, donde también le gustaba tomar unos mates, leer la Biblia, pensar.

Nadie le podía refutar los datos. Los obtenía así: la raíz cuadrada de la carga (los centímetros de diferencia de nivel entre el principal y un secundario) por el ancho de las compuertas, por la abertura, por 0,029. El resultado era la cantidad de litros por segundo, los cálculos para las 7.326 hectáreas bajo riego de Cipolletti, las 9.803 de Allen y Fernández Oro, las 12.988 de Roca, las 4.746 de Cervantes, las 6.921 de Huergo y las 13.489 de Regina que tenía anotadas por entonces. Ese viejo cuaderno cuadriculado es también una foto del cambio de era: hoy son unas 31.000 las hectáreas destinadas a frutas de pepita y carozo y es difícil calcular las destinadas a hortalizas, pasturas y engorde a corral. Según datos oficiales Río Negro y Neuquén resignaron alrededor del 15% de las tierras productivas a manos de los loteos.

El resto del día era recorrer el camino de tierra a ambas márgenes del Canal de punta a punta siempre cerca de las bardas escuchando chamamés cuando agarraba la radio de Gómez, transitar esas rectas y curvas que sentía como propias, admirarse de aquellos visionarios que lo imaginaron, consultar las novedades con los guardadiques, los tomeros, el encargado del derivador al lago Pellegrini en el kilómetro 4.8, chequear el nivel del agua, revisar que nadie haya cambiado de posición las compuertas como suelen hacer en el verano para armarse una piletita, pelearse siempre con los que tiran basura.

“No los entiendo, nunca los voy a entender. Ya no solo te hablo de botellas de plástico y bolsas. De todo hemos encontrado: coches, heladeras, cubiertas, computadoras.

Me gustaría que en los colegios enseñaran la materia Economía del Valle, a ver si todos se enteran de una vez de la importancia del Canal”, señala. “¿O no saben que vivimos de la fruticultura?”, agrega.

Lo que muchos ignoran también es que en el Canal hay un promedio de entre cuatro y cinco muertes por año por accidentes, ahogados y suicidios. Y con un caudal de 72 metros cúbicos por segundo, nunca es fácil hallar los cuerpos. Por eso muchas veces debió asistir a los bomberos y buzos para ayudarlos a encontrarlos. Conoce los recovecos bajo el agua, los bancos de arena y tierra: desde que las represas creadas aguas arriba retienen los sedimentos, los rayos del sol llegan hasta el fondo del cauce y no hay manera de impedir el crecimiento descontrolado de las lamas, capaces de frenar la velocidad del agua o desviarla.

Por eso hay que pasar las cadenas dos veces por año, con un tractor en cada margen. Y, del Dique a Chichinales, empezar de nuevo en un extremo cuando se llega al otro, así de rápido crecen. En el medio, avisarles a los vecinos que tengan cuidado con los chicos, que van a pasar los tractores, sobre todo en las zonas donde no se respetan los 15 metros libres entre la orilla y la construcción, lo que ocurre, por ejemplo, en la toma Costa Linda en Fernández Oro. Frente al canal, una tras otra durante unos 5 kilómetros, las casitas de madera, chapa y material se alinean en la primera fila de cara al agua. Una de ellas tiene colgado este cartel: “No sea chorro, róbele a los ricos”.

Rescates

“Jorge, ¿nos ayuda?”, le decían los bomberos cuando buscaban un cuerpo. Y él iba, escuchaba los detalles del caso, miraba la zona y aconsejaba. Y, en general, no fallaba. Pero, más que orgullo, le daba una inmensa pena.

Le urgía, además, porque sabía que en la desesperación los familiares y amigos se desbordan y son capaces de tomar el dique, como ocurrió hace dos años cuando no aparecía un joven de Barda del Medio y los vecinos más exaltados bajaron una compuerta a la fuerza y provocaron daños estimados entonces en 4.000.000 de pesos. Como consecuencia, el perímetro del Dique fue alambrado y ahora hay que pedir permiso para pasar.

En otra ocasión, en Allen, en una zona donde son ásperos de verdad, como suele decir, acertó a pasar por el Canal una madrugada justo cuando un grupo de amigos que volvía de bailar buscaba a uno que había caído al agua luego de intentar una pirueta. Como no lo encontraban, amenazaban con romper las compuertas para bajar el nivel del agua. “Miren que se va a inundar la ciudad”, dijo sin identificarse, a ver si todavía se la agarraban con él. Justo cayó la policía y como había quedado en el medio del grupo hasta temió ir preso con el resto. Al final, una vecina que paseaba a su perro halló el cuerpo a unos 70 metros y la situación se descomprimió.

Recuerda también hechos insólitos, como aquella vez que un piquete en la Ruta 22 se extendió a los caminos de tierra del Canal. Les querían cobrar 10 pesos para dejarlos pasar. “Correte Nene”, dijo el jefe con el tono justo y ahí se terminó la discusión.

El regreso

Ahora, mientras lo recorre desde Roca hacia el dique seis años después de la última vez, cuando se jubiló, vuelve a alarmarse.

“No puede ser, hay más roña que antes. El Canal es un gran basurero”, se enoja. Sin embargo, aún es agua mucho menos contaminada que la del Río Negro y por eso se ven camiones municipales que llenan sus tanques: hace falta mucho menos para potabilizarla. Mientras el auto avanza por el camino de tierra y esquiva los pozos en una mañana de sol, se sorprende al ver nuevas chacras abandonadas o improductivas, por la cantidad de casitas frente al Canal en Allen entre la humareda de los ladrilleros, por el imponente chalet de dos plantas a metros del agua del inmigrante boliviano que más prosperó con la industria del ladrillo, por cómo creció la toma Costa Linda en Fernández Oro. Ya a la altura de Cipolletti se ve el alambrado del Penal y algunos galgos que deambulan cerca. En un carro cargado de hortalizas tirado a caballo vuelve a su casa Gladis, rodeada de unos 15 perros que se alimentarán de lo que consigue en su recorrida, mientras medio kilómetro más adelante un jinete amansa un potrillo. En Cinco Saltos, sobre la margen derecha emergen las ruinas de Indupa como la Chernobyl del Valle y los ambientalistas aún se preguntan dónde está el mercurio desaparecido. Sobre la izquierda hay un largo cementerio de autos.

El Canal se vuelve entonces más ancho y solitario, las lamas hacen que el agua parezca de un verde profundo entre las lomas de las orillas que ilumina el sol del atardecer. Más adelante están los crianceros al pie de la Virgen y las chivas pastan y cruzan de lado a lado por el puente, de a una, en fila. Por fin, el auto llega hasta el dique Ballester, donde nace el sistema de riego que da vida al Alto Valle. Lo recibe su hermano Rubén, que hoy está de turno al comando de la mole. Enseguida le muestra cómo reluce el jardín que nivelaron y sembraron con sus propias manos. Atrás hay máquinas y herramientas utilizadas por los obreros que levantaron el dique y construyeron el Canal, entre ellos el padre y el abuelo. Hoy son sus hijos los que toman la posta: cuatro generaciones de Jorqueras al cuidado del agua. “Qué lindo es esto. Hasta me da ganas de volver”, dice Jorge mientras abraza a Rubén y se prometen un asado y un partido de bochas a metros del Canal.


¿Cómo es estar al frente del dique solo en la madrugada?



"Existe el Alto Valle, gracias al Canal Principal", dice Pablo Degele, jefe de distrito. Son diez los guardadiques que operan el Ballester y se turnan para cubrir las 24 horas. El equipo mezcla la experiencia de los más antiguos ya cerca de la jubilación, con la sangre joven que aportan los dos últimos en entrar al equipo. Uno es Andrés Silva (33), especializado en la mantención artesanal de los motores británicos de las compuertas de 100 años. El otro es Franco Jara, quien a los 25 ya sabe lo que es quedarse solo en la madrugada al comando del dique con los consejos de sus compañeros más veteranos.

Jorge Tapia conoce bien los secretos del turno de las 20 hs a las 4 AM en la base de operaciones, una cabina a la que se accede por una escalera caracol de cemento, a 16 metros de altura respecto al nivel del embalse, que siempre se mantiene en 3,50 metros. Hay un sillón, un colchón, una tele y ventanales de cara al dique y el Canal Grande. También las antiguas manivelas con las que se accionan las compuertas en forma manual. Está a metros del semáforo que detiene a los vehículos que cruzan el dique que se usa como puente de Río Negro a Neuquén, de Barda del Medio a Vista Alegre.

“La rutina es pasar el parte de guardadique a guardadique. Y llevar bien el río, para eso toda la noche mirás que la escala no se mueva de 3.50”, cuenta Jorge. El resto es recorrer la zona (alambrada hace poco más de un año por seguridad) y hacer las maniobras programadas para subir o bajar el nivel del embalse.

Lo más difícil son las imprevistas, como le ocurrió una noche en la que venía mucha más agua de lo normal por una anomalía generada en la represa y dique compensador El Chañar. “¿Si me da miedo quedarme solo acá? No, no, estoy acostumbrado”, cuenta. Lo que lo desvela, en verdad, es que algo falle. “Sueño muchas veces con eso. Que el agua sube y llega hasta acá arriba, que es imposible, pero lo sueño. O al revés, que se baja el río y nos quedamos sin agua para el riego”, cuenta.

“Nuestra alegría es dar agua al Valle. Por ahí como estamos acá todos los días nos acostumbramos a lo que hacemos, pero de afuera te lo hacen notar.
Mi hijo, por ejemplo, suele decirme que está orgulloso de lo que hago”, dice Jorge.





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