/ Capítulo 08

Una vida de sacrificios por el sueño de tener una chacra

Francisco y María son los últimos productores que quedan al oeste de Cervantes frente al Canal. Renuevan las variedades de manzana, plantan zapallo, tienen gallinas, vacas y ovejas y venden fardos de alfalfa. Ahora sueñan conocer el mar.

*Fe de erratas: por un involuntario error aparece mal escrito en el video el nombre del protagonista, el nombre correcto es Francisco García.

Pasó una vida desde que tuvo que tomar una decisión crucial: seguir en la escuela como querían sus padres o dedicarse a la chacra, como quería él. Eligió la chacra. ¿Qué haría ahora, a los 76, si pudiera volver el tiempo atrás? “Elegiría estudiar. Sin estudios hoy no sos nada”, dice don Francisco García en su lugar en el mundo a orillas del Canal Grande, mientras camina con María a paso lento, como desde hace 40 años, para revisar los manzanos y los perales y fijarse si está todo en orden en el corral de las vacas y los terneros.

Vivir inseguros

Hace poco, cuenta, quisieron robarles dos. Escucharon los ruidos y salieron: encontraron a los terneros atados, los ladrones huyeron. “Hay mucho chorrerío. Y no es cuestión de que a uno le maten a un hijo o lo maten a uno en la oscuridad. Necesitamos más seguridad. Hubo seis robos en la zona en los últimos meses. Acá cerca, a dos hermanas, dos señoras mayores, las asaltaron dos veces en pocos días. Las ataron, las golpearon, les robaron la jubilación. A una la agarraron cuando fue a buscar los espárragos, le hicieron comer tierra y la dejaron atada en el gallinero. Ahora está con mucho miedo, no se anima a salir. A una maestra le hicieron lo mismo: le pegaron, la ataron, le robaron el auto. Así no se puede vivir en las chacras, necesitamos protección”, agrega y alza el tono.

Es alto, la piel curtida por el aire libre, las manos como tenazas de tantos años de escaleras y tijeras podadoras. Abre bien grandes los ojos y arquea las cejas cuando algo le llama la atención, como ahora, en esta mañana de sol en Cervantes en que Juanjo, el menor de sus cuatro hijos, lleva a upa a un corderito que se perdió del rebaño que pasta a unos 400 metros.

La tesorera y la reina

Apenas a unos metros están las tierras sembradas con zapallo en estos días, que el diluvio del último domingo golpeó duro. Les ayudaron en la tarea Norma y Choli Mellado, la tesorera y la reina del Centro de Jubilados de Cervantes que preside don Francisco. Mientras un equipo hacía el hueco con la pala, el otro esparcía las semillas: la red de familiares y amigos nunca se borra cuando hace falta. Entre eso, ponerle el lomo como siempre y el aporte de los hijos, tratan de llevarla sin contratar mano de obra, una de las claves para explicar la subsistencia mientras los productores vecinos desaparecen, entre ellos el que debe vender el rastrojero para poder pagar lo que le debe al peón, aunque ya no tenga manzanas porque arrancó todo el cuadro.

Las piedras del temporal también arruinaron 700 fardos que tenían listos en un campo que alquilan para producir alfalfa. Ese día, de la bronca, don Francisco se fue a dormir sin cenar. María, otra vez, fue el cable a tierra. “No nos podemos bajonear los dos, porque sino fuiste”. dice.

“Sería bueno que pudiéramos vivir de la manzana, pero sino da hay que saber probar otras cosas”, explica don Francisco. “Somos los únicos que quedamos con frutales por acá. Los demás, cambiaron o arrancaron. Nosotros todavía insistimos. Ahora limpiamos un cuadro que teníamos con una red delicius vieja con la esperanza de probar una variedad nueva. Y de ocho metros por ocho entre manzanos vamos a pasar a uno por uno, un gran cambio. Y seguimos con las vacas, las ovejas y las gallinas. Plata que agarramos plata que metemos en la chacra. Si te quedás, desaparecés”, agrega.

El sueño mío

Un cartel de chapa oxidado con forma de manzana marca el ingreso a “El sueño mío”, el que construyó con sus propias manos durante 60 años al final de esa doble hilera de álamos que relucen de verde en la primavera en estas 12 hectáreas al norte del Canal.

Aquí, en esta zona de Cervantes al oeste de Roca, la tierra es menos fértil que en la otra margen, hay filtraciones y el viento baja con furia de las bardas. Pero la naturaleza no pudo con el sueño de don Francisco.

“Yo iba a la escuela y soñaba tener una chacra mía propia, no de otro. Así que logré mi sueño, lo logré. Pero fue muy sacrificado porque casi no salí de la chacra, me esclavicé acá, no conozco lo que es Las Grutas. Una vez fui a Neuquén y tres veces a Villa Regina, después no conocía nada hasta el año pasado, que con el grupo de jubilados fuimos a El Chocón. Hermoso”, dice con su sonrisa contagiosa.

Si aquel sueño empezó siendo suyo, después fue compartido, sostenido codo a codo con su compañera de siempre. María Avendaño tiene a los 56 la misma piel curtida, es algo más baja, se protege del sol con un sombrero de paja y prefiere andar cómoda con un jogging y una remera y un buzo o un suéter para las tareas de cada día. Ella tenía su propio sueño de chica, pero no pudo cumplirlo: “Yo sí quería estudiar. Con mis tres hermanos aprovechábamos a ir a la escuela cuando llovía. El resto de los días trabajábamos en la chacra, hacíamos canaletas con la pala y le sacábamos la tierrita a la planta de viña, después se la ataba y se envolvía, siempre con la cara inflada por las avispas”, cuenta, el tono firme, la mirada a los ojos.

Pese a aquella desilusión, el tiempo la reconcilió con el día a día entre los surcos, la pelea contra las heladas, la poda, la floración, el cuidado de los frutos mientras crecen, la cosecha. Y por suerte, ya no están aquellas avispas.

“Me gusta la chacra, ver crecer cada planta que ponemos es como ver crecer un hijo. Verlas lastimadas te cuesta, te duele”, dice y convida un mate dulce. En la cabecera de la mesa, toma la palabra don Francisco. “Hay que cuidar lo que a uno le da de comer. No es poner la planta en la tierra y dejarla sola. Así no va a crecer, no va a dar nada”, dice.

La charla transcurre en el comedor de la casa que aparece al final de la hilera de álamos, al lado del corral, antes de los frutales. Aquí, donde no hay agua corriente, ni gas, ni cloacas pero sí luz, por suerte empezó a pasar el colectivo y limpiaron el cañadón, aunque el desagüe sigue sucio. Aquí los dos comparten la alegría de haber llevado esta familia y esta chacra adelante. Y la satisfacción de que sus cuatro hijos sí hayan podido ir a la escuela. Muchas veces, a bordo del viejo tractor que todavía da pelea. Para llevarlos o para traerlos “Me gustaría poder comprar uno nuevo, qué lindo sería”, dice don Francisco. “Uno de esos con dirección hidráulica. Pero vamos a averiguar el precios y nos volvemos rápido”, agrega ella.

Los chicos ya están grandes. Franco es analista de sistemas y profesor de taekwondo: tiene unos 20 alumnos en Puente Cero y cinco estrenaron este año cinturón amarillo, entre ellas su mamá, junto a Laura, Esther, Flor y Nidia. Don Francisco iba al principio, pero como era el único hombre le dio un poco de vergüenza y dejó. Gladis estudia abogacía. Raquel es una maestra de las artesanías de madera y Juanjo terminó el secundario y siguió los pasos del padre. Su mamá recuerda bien la escena que explica todo: tenía cinco años, estaba de pantalón corto, musculosa y botitas de goma, cerca de los álamos. “Chiquito como era me dijo: ‘Mami, viste los pájaros cómo andan contentos y cantan, las ovejas están encerradas y tristes. Yo en la escuela me siento como las ovejas, pero me gustaría sentirme como los pájaros’”. Pasó el tiempo, Juanjo sigue sin despegarse un segundo de la libertad que eligió y ya tiene ahí su propia casa de ladrillos a metros del corral.

Conocer el mar

Ya cumplido el sueño de la chacra propia (y pendiente el del tractor 0 km) a don Francisco le queda el de conocer el mar.

“Es que nosotros nunca nos fuimos de vacaciones, siempre estuvimos acá en la chacra. Me gustaría ir alguna vez a Las Grutas”, dice él.

“Los domingos nuestro paseo era salir a caminar y mirar las otras chacras. Y decíamos ‘mirá, podríamos hacer eso’. Nuestro paseo era salir a aprender. Y después copiar las cosas buenas que descubríamos en nuestra chacra”, cuenta ella.

Don Francisco estuvo cerca de ir a la costa el verano pasado, porque salió un viaje para jubilados con otras ciudades de la provincia y había seis cupos para el centro de Cervantes. El problema es que eran 15 los candidatos. ¿Qué hizo? Se autoexcluyó. “Les dije que decidieran ellos quién iba y que no me tuvieran en cuenta, a ver si todavía alguno decía que me ponía yo mismo porque soy el presidente”, explica. En el Centro de Jubilados de Cervantes don Francisco supo ganarse un respeto y además de presidente lo eligieron abanderado. “Me tienen mucho cariño, eso me hace sentir muy bien”, dice. Y María también fue reina. “Les dije que todavía no estaba jubilada, pero me eligieron igual”, cuenta, se ríe y recuerda aquella vez que su marido se quebró una pierna un sábado y ya tenían los pollos, los choris y la trafic para un asado en el río el domingo. ¿Qué hicieron los compañeros más allegados? “Lo suspendieron y se vinieron a comer el asado acá con él”.

Y si el tema es la jubilación, don Francisco enseguida se enoja.“Lo lógico sería que si uno trabajó toda su vida ahora pudiera vivir de una jubilación, ¿o no? Así tendría que ser la vida, pienso yo. ¿Pero con 12.000 pesos y monedas como hace uno para vivir, dígame? Y esto es como usted lo está viendo ahora, acá hay que trabajar sábado, domingos, todos los días.Usted tiene que atender a los animales y las plantas, acá no se puede parar”.

La ley de la chacra

Casi un año y medio atrás, uno de los asaltos en la zona los tocó de cerca: dos delincuentes pensaron que don Delfo Chanique, de 82 años, había cobrado la jubilación y lo molieron a golpes, le quebraron una muñeca y lo dejaron atado inconsciente cuando supieron que aún no la tenía encima, aunque se llevaron un cuchillo y un televisor. El hombre vivía en una casita a 400 metros de la de Francisco y María: se la habían prestado para que parara ahí.

¿Qué hicieron después de la paliza? Lo llevaron a vivir con ellos y enseguida le construyeron una pieza de ladrillos para él al lado de la cocina, donde ahora se recupera de un ACV. ¿Por qué ese gesto? Porque en la chacra todo vuelve y don Delfo fue fundamental cuando María era una beba. En esta historia de lágrimas y sonrisas es el momento de escuchar el costado más desolador y trágico. Lo cuenta María, la voz un susurro, los ojos se le humedecen: al papá lo mataron cuando ella tenía un año. Trabajaba con hornos, comentó que iba a comprar un camión, alguien supuso que tenía la plata encima, le hicieron una emboscada en el puente del canal acá cerquita. “Lo mataron, lo ataron con alambre, lo tiraron al agua, nunca nadie fue preso”, dice. Y don Delfo, entonces, apareció para dar una mano cada vez que hizo falta. “Por eso con nosotros nunca le va a faltar nada”, dice don Francisco. Y agrega: “Para la gente mayor es muy difícil en las chacras. No es solo que la manzana ande mal o que te cuesta más hacer algunas cosas por la edad, como salir a buscar leña que es una incomodidad, por ejemplo. Nosotros, por suerte, tenemos a nuestros hijos que nos acompañan. El gran tema es la seguridad. Alguien tendría que hacer algo. Si uno no quisiera tanto esto, se iría”.

Juntos

Hace 40 años que están juntos, desde que aquellas primeras miradas en las chacras que se transformaron en romance y después en proyecto de vida compartido. Ahora ya tienen una nieta y la satisfacción de haber hecho mucho. Aunque todavía hay tela para cortar. “Pero a veces nos gustaría tener 20 años menos para encararle a los trabajos”, dice ella. “Pero no le vamos a aflojar. Hay que verlo a él, a los 76, trepado a la escalera. Nosotros no aflojamos”, agrega. “Pero también nos gustaría que se acuerden de lo que necesitamos la gente de las chacras. Porque sino no va a quedar ningún joven, van a quedar despobladas”, afirma él y muestra con orgullo los carteles que dicen que su fruta está apta para ir al mercado brasileño a través de la Primera Cooperativa. “Allá comen lo que producimos acá”, cuenta y vuelve a sonreír.

Después salen a caminar a orillas del canal, el mismo que el papá de don Francisco ayudó a construir a pura a pala y rastrón con los otros pioneros. “Gracias a ellos tenemos agua y plantas. Y fue también gracias a ellos que pudimos cumplir el sueño de tener una chacra”, dice don Francisco y se pierde con María entre la hilera de manzanos.






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